Hay personas que gastan demasiado y necesitan aprender a controlarse.
Pero también existe el problema contrario:
Personas que tienen miedo de gastar incluso cuando pueden hacerlo.
Trabajan.
Ahorran.
Cumplen con sus obligaciones.
Tienen dinero disponible.
Y aun así sienten culpa cada vez que compran algo que no es estrictamente necesario.
Una cena.
Un viaje.
Un buen teléfono.
Unos tenis.
Una computadora.
Un regalo.
Cualquier cosa que les guste.
La pregunta aparece inmediatamente:
“¿Realmente lo necesitaba?”
Y luego viene el remordimiento.
Creo que esa relación con el dinero tampoco es sana.
La responsabilidad financiera no debería enseñarte a tenerle miedo al gasto.
Debería enseñarte cuándo gastar y cuándo no hacerlo.
Porque gastar dinero no es el problema.
El problema es gastar sin entender las consecuencias.
No todo lo que compras tiene que ser una inversión
Hoy parece que absolutamente todo tiene que justificar financieramente su existencia.
Si compras una computadora:
“¿Cuánto dinero te va a producir?”
Si haces un viaje:
“Mejor hubieras invertido ese dinero.”
Si compras un automóvil:
“Con eso podrías haber comprado un activo.”
Si sales a comer:
“Cocinando en casa habrías ahorrado.”
Todo tiene que generar rendimiento.
Todo tiene que multiplicarse.
Todo tiene que tener una explicación financiera.
Y no.
Hay cosas que simplemente compras porque te gustan.
Y está bien.
Una televisión no tiene que generar dinero.
Una cena no necesita producir retorno sobre inversión.
Un viaje no tiene que convertirse en contenido, networking o una oportunidad de negocio para justificarlo.
A veces solamente quieres disfrutar algo.
Eso también forma parte de la vida.
El problema no es el gasto, sino el contexto
Comprar algo de $10,000 pesos puede ser una tontería para una persona y una compra completamente razonable para otra.
El precio es el mismo.
La situación financiera no.
Alguien que gana $12,000 pesos al mes, debe tarjetas y no tiene ahorros probablemente debería pensarlo bastante antes de hacer esa compra.
Alguien con buenas finanzas, ahorro, ingresos suficientes y sin deudas problemáticas puede hacerla sin que cambie prácticamente nada en su vida.
Por eso juzgar un gasto únicamente por su precio tiene poco sentido.
La pregunta correcta es:
¿Qué efecto tendrá esta compra en mis finanzas?
Si después de comprarla sigues pudiendo pagar tus obligaciones, mantener tu ahorro, cubrir emergencias y continuar con tus planes, posiblemente no existe ningún problema.
Si la compra te deja sin dinero para lo básico, entonces sí.
La culpa financiera muchas veces nace de malos consejos
Durante años nos han repetido frases como:
“El rico no compra cosas que no necesita.”
“Cada peso que gastas es dinero que deja de trabajar para ti.”
“Si no puedes comprarlo dos o tres veces, no puedes pagarlo.”
“Los pobres compran cosas y los ricos compran activos.”
Algunas de estas ideas pueden servir como referencia.
El problema comienza cuando las tomamos como leyes universales.
Una persona puede construir patrimonio y comprar cosas.
Puede invertir y viajar.
Puede ahorrar y salir a cenar.
Puede tener un negocio y darse gustos.
Las finanzas personales no tienen que convertirse en una competencia para ver quién logra vivir con menos.
La responsabilidad está en lo que pasa después
Antes de hacer una compra importante, hay una pregunta muy sencilla que puede ayudarte:
¿Qué pasa mañana después de que gaste este dinero?
¿Puedo seguir pagando mis cuentas?
¿Mi fondo de emergencia sigue intacto?
¿Mi negocio sigue teniendo capital?
¿Puedo pagar mi tarjeta completa?
¿Mis deudas siguen bajo control?
¿Mi ahorro continúa?
Si todas esas respuestas están bien, probablemente el gasto tampoco sea tan grave.
Pero si después de la compra necesitas pedir prestado para sobrevivir hasta la quincena, ahí tienes la respuesta.
La verdadera responsabilidad financiera no está en evitar todas las compras.
Está en poder absorberlas.
Comprar con dinero propio se siente muy diferente
Existe una satisfacción especial cuando compras algo que querías sin endeudarte irresponsablemente.
No porque la deuda siempre sea mala.
Hay créditos perfectamente útiles.
El problema es cuando dependes del crédito para mantener un estilo de vida que tus ingresos todavía no sostienen.
Ahí cada gusto viene acompañado de una factura futura.
Compras hoy.
Pagas durante meses.
Y cuando todavía no terminas de pagar algo, compras lo siguiente.
Entonces ya no estás disfrutando tu dinero.
Estás disfrutando dinero que todavía no has ganado.
Eso cambia completamente las cosas.
Hay gastos que sí mejoran tu vida
No todo rendimiento se mide en pesos.
Hay gastos que te ahorran tiempo.
Otros reducen estrés.
Algunos mejoran tu salud.
Otros te permiten trabajar mejor.
También hay compras que simplemente te hacen feliz.
Un buen colchón.
Una herramienta.
Un aire acondicionado.
Un viaje.
Una comida.
Un hobby.
Un equipo que utilizas todos los días.
No siempre necesitas convertir ese beneficio en un porcentaje.
Si algo mejora significativamente tu vida y puedes pagarlo responsablemente, puede ser una excelente compra aunque nunca genere un peso.
El peor gasto es el que haces para impresionar
Aquí sí creo que vale la pena tener mucho cuidado.
Hay una diferencia entre comprar algo porque realmente lo disfrutas y comprarlo porque quieres que otros crean que tienes dinero.
Esa segunda categoría puede ser extremadamente cara.
El automóvil que no puedes pagar.
La ropa únicamente por el logo.
El teléfono que cambias cada año aunque el anterior funciona perfectamente.
Las vacaciones financiadas solamente para subir fotografías.
La fiesta que te deja endeudado.
Ese tipo de gasto tiene una característica:
El beneficio suele durar mucho menos que la deuda.
Y probablemente es una de las peores razones para gastar dinero.
Si vas a gastar, que sea porque tú quieres disfrutarlo.
No porque necesites demostrar algo.
Tampoco te conviertas en esclavo de la comparación
Las redes sociales hacen este problema todavía más grande.
Ves a alguien viajando.
Otro compra un automóvil.
Alguien presume una casa.
Otro abre un negocio.
Y parece que todos van más rápido que tú.
Entonces compras cosas para sentir que también estás avanzando.
Pero no conoces las finanzas de esas personas.
No sabes si pagaron en efectivo.
No sabes si deben todo.
No sabes si realmente pueden mantener ese estilo de vida.
Comparar tus gastos con la apariencia financiera de otras personas casi siempre termina mal.
Tu presupuesto debería responder a tu realidad.
No a Instagram.
Hay momentos donde sí tienes que decirte que no
Decir que puedes disfrutar el dinero no significa decirte que sí a todo.
Hay momentos donde simplemente tienes que aceptar:
“Ahora no puedo”.
Y no pasa nada.
Quizá quieres cambiar de automóvil, pero tu negocio necesita liquidez.
Quizá quieres viajar, pero estás pagando una deuda importante.
Quizá quieres comprar una computadora, pero todavía no tienes fondo de emergencia.
No comprar algo hoy no significa que nunca podrás hacerlo.
A veces simplemente significa que tienes otras prioridades.
La diferencia es que no estás evitando gastar por miedo.
Estás tomando una decisión.
Postergar un gusto puede hacerlo todavía mejor
Hay algo interesante cuando conviertes una compra en una meta.
Quieres algo de $20,000 pesos.
En lugar de pagarlo inmediatamente con tarjeta y preocuparte después, decides juntar el dinero.
Vendes más.
Ahorras una cantidad cada mes.
Generas ingresos adicionales.
Cuando finalmente lo compras, la experiencia cambia.
No existe culpa.
No existe presión.
No existe deuda.
Existe satisfacción.
Porque no solamente compraste algo.
También demostraste que podías producir el dinero necesario para pagarlo.
El dinero del negocio no es tu cartera personal
Para los emprendedores esta regla es fundamental.
Uno de los errores más fáciles es ver dinero entrando y asumir que puedes gastarlo.
Pero el dinero del negocio tiene compromisos.
Inventario.
Nómina.
Proveedores.
Impuestos.
Mantenimiento.
Publicidad.
Renta.
Si tienes $50,000 pesos en la cuenta del negocio, eso no significa necesariamente que tengas $50,000 disponibles para gastar.
Antes de darte un gusto, necesitas saber cuánto de ese dinero realmente te pertenece.
Una de las peores formas de disfrutar el dinero es hacerlo a costa de descapitalizar tu propia fuente de ingresos.
Págate también a ti
Pero tampoco caigas en el otro extremo.
Hay emprendedores que pagan absolutamente todo menos a ellos mismos.
Todos cobran.
Proveedor.
Empleado.
Arrendador.
Gobierno.
Plataformas.
Banco.
Menos el dueño.
El dueño se queda con lo que sobra.
Y muchas veces no sobra nada.
Si el negocio ya tiene cierta estabilidad, deberías comenzar a construir una forma ordenada de recibir dinero de él.
Un sueldo.
Un retiro.
Una distribución.
La estructura dependerá del negocio y de tu situación fiscal, pero el principio es sencillo:
Tu empresa debería poder recompensar el trabajo que haces.
De lo contrario puedes terminar teniendo un negocio que vende mucho, pero una vida financiera personal completamente desordenada.
Una compra responsable debería poder convivir con tu futuro
Puedes gastar hoy sin sabotear mañana.
Ese debería ser el objetivo.
No necesitas elegir entre vivir el presente o construir el futuro.
Puedes hacer las dos cosas.
Quizá apartas cierta cantidad para invertir.
Otra para ahorrar.
Otra para tus gastos.
Y otra para disfrutar.
No existe un porcentaje mágico que funcione para todos.
Alguien con ingresos bajos quizá necesite ser más cuidadoso.
Alguien con ingresos altos puede destinar mucho más al disfrute.
Alguien que está comenzando un negocio probablemente reinvierta bastante.
Alguien con un negocio maduro tendrá mayor capacidad de retirar.
Cada etapa es diferente.
Antes de comprar, hazte cinco preguntas
No necesitas convertir cada compra en una auditoría financiera.
Pero cuando se trata de una cantidad importante, estas preguntas pueden ayudarte:
- ¿Puedo pagarlo sin descuidar algo importante?
- ¿Necesito endeudarme de una manera que me incomode?
- ¿Estoy usando dinero que debería estar en mi negocio o fondo de emergencia?
- ¿Lo quiero realmente o estoy tratando de impresionar a alguien?
- Después de comprarlo, voy a disfrutarlo o voy a pasar semanas arrepintiéndome?
Si las respuestas tienen sentido, compra.
Y disfruta.
No conviertas el ahorro en una religión
Ahorrar es una herramienta.
No una virtud moral.
Una persona no es mejor por tener más dinero guardado.
Ni peor por utilizar parte de su dinero para disfrutar.
La verdadera pregunta es si tus decisiones financieras te están ayudando a construir la vida que quieres.
Porque también existe un costo en posponerlo todo.
Viajes que nunca hiciste.
Tiempo que no aprovechaste.
Experiencias que dejaste pasar.
Personas con las que pudiste compartir algo y ya no están.
No todo puede dejarse para “cuando tenga más dinero”.
El objetivo es gastar sin miedo, no dejar de gastar
Llegar a una buena situación financiera no debería significar que dejas de comprar cosas.
Debería significar que puedes hacerlo con más tranquilidad.
Compras sin preguntar cuánto disponible tienes en la tarjeta.
Viajas sin regresar preocupado por cómo vas a pagar.
Te das un gusto sin tocar tus ahorros importantes.
Eso es mucho más poderoso que simplemente presumir que nunca gastas.
Trabaja también para disfrutar
El dinero requiere disciplina.
Pero la disciplina sin propósito se vuelve absurda.
Trabaja.
Ahorra.
Invierte.
Construye.
Haz crecer tu negocio.
Protege tu patrimonio.
Pero cuando tengas la oportunidad de disfrutar algo sin poner en riesgo todo lo demás, hazlo.
No tienes que pedirle permiso a ningún gurú financiero.
No tienes que sentirte culpable.
Y tampoco tienes que justificar cada gusto diciendo que es una “inversión”.
A veces una compra es simplemente una compra.
Un gusto es simplemente un gusto.
Y una experiencia es simplemente una experiencia.
Si puedes pagarla, si tus prioridades están cubiertas y si realmente la quieres, disfrútala.
Porque una buena relación con el dinero no consiste solamente en saber guardarlo.
También consiste en saber gastarlo.
